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  1. #1

    Diario de un no-seductor. I


    ¿Por qué no tengo "éxito" con las mujeres? Recapitulemos la última salida. Volví a ir a un centro comercial de Chorrillos. En el camino recuerdo que hubo una linda madre rubiecilla con su hija de edad pre-escolar, que calmadamente me vio pasar. Esta reacción subsanaba el que antes una mujer quizá de mi edad, treintona, con un tono de piel bastante blanco, puso una expresión de cierto fastidio y hasta diría desagrado cuando busqué admirativamente su mirada. Como si me dijera: ¿por qué me miras así, atrevido o desubicado? Es que eres guapa, tu blancura resalta en un lugar donde la mayoría somos mestizos, etcétera. Pero lo repito, la rubiecita, que me parece que era venezolana, sí que no era creída. Después también otra venezolana, vendedora itinerante de "¡café, chocolate, panetón...!", bastante madura, con una ropa sencilla oscura, un peinado de pelo corto medio ochentero, sí me vio a los ojos hasta confiadamente, abriéndolos, cuando cruzamos nuestras caminatas. También me gustó. Luego, cuando ya llegaba a la zona de Surco que se hace más o menos populosa por estar al lado de lo que antes eran –si no me equivoco– "asentamientos humanos" de San Juan de Miraflores, justo en la esquina en la que un montón de veces salían de la calle diagonal jovencitas bellísimas, del tipo cuerponas o voluptuosas pero jóvenes, de no más de 20 años –hasta una vez me decía, "pucha, no, ahora seguro va aparecer doblando la calle una flaca que está buenaza..." y en efecto, aparecía, para no dejar de estar nunca nervioso al pasar por ahí–, otra madre venezolana de un rubio pálido y tez clara con su pequeña hija (¿o hijo?) entraba a dicha calle, y tenía un trasero redondísimo, que desde lejos llamaba poderosamente la atención, haciéndome un poco al loco, me detuve un momento como para ver mi reloj, de paso note que también otros caminantes estiraban las cabezas para ver cómo ese realmente hermoso trasero se alejaba, decidí aventurarme por primera vez por entrar a dicha calle de las "flacas buenas" y seguí la majestuosa retaguardia de dicha mujer. Lentamente, por supuesto, tampoco es que uno quiera llamar la atención. En el camino, me di cuenta, que no era una calle humilde y populariega como me la imaginaba, habían muchas fuentes de soda con amoblamiento moderno, peluquerías con espejos grandes, bodegas bien surtidas, tiendas de informática, etc., pensé: "total, sigo en Surco", mientras que la madre carnosa se detenía con su criatura, me parece que en una bodega, y la traspasé, contentándome, quizá lo suficiente, con apreciar sus formas un tanto más de cerca. Seguí caminando una cuadra más, y veía que se atravesaba una calle paralela a la avenida, más allá habían rejas y ya no parecía una zona comercial como la que acababa de pasar; en eso que estoy llegando para tomar tal calle paralela y retomar luego mi ruta inicial hacia Chorrillos, una jovencita de casaca negra y jean, flaquita, linda, que está cruzando por la intersección de calles alza su cabecita ampliamente para mirarme. Yo, que me estaba inaugurando en esta calle, por haber seguido a un trasero de monumento, estaba un poco palteado y me presenté imperturbable ante la inspección de la muchacha, ¿y quizá también porque realmente no me gustan las chibolas? En verdad, a esta linda flaquita la había visto minutos antes, pues ella estaba caminando delante de mí, sin darse cuenta; cuando me tope con la madre venezolana a la que seguí, ya la flaquita había tomado otro camino. La cuestión es que, ahora, de nuevo, estaba detrás de la flaquita de casaca negra, y de nuevo, ella, muy acompasada en sus pasos, parecía indiferente a quien estuviera caminando a su zaga –pese a su chequeada–, pero yo estaba muy nervioso ya, y caminando rápido, esta vez no me atreví a seguirle su ritmo, como ciertamente, ahora que recuerdo, había hecho antes (a veces me gusta seguir el paso, como si estuviera siendo dulcemente conducido, especialmente de las chiquitas jovencitas), y para adelantarme caminé atropelladamente por parte de la pista, incluso pisando un suelo pedregoso que marcaba el estacionamiento de las viviendas de la calle medianamente estrecha. ¿Timidez?, ¿pero de qué? Y cuando ya estoy desconducido de la flaquita, sigo caminando y al frente de lo que me parece una tienda hay un hombre parado, y vienen de frente una señora con su hija agarradas de los brazos, con un paso tranquilo de estar estirando las piernas por su barrio, el asunto es que yo que ya venía nervioso y apurado, hago el gesto caminante de que yo quiero seguir mi paso pese a que aquí nos estamos amontonando, además que titubeé un segundo en si debía o no mirar a estas mujeres. Sentí la incomodidad de las damas ante este peatón ansioso, pero me apresuré en pasar. Noté que la madre, pelo pintado, ojos un poco brillantes, algo robusta, también titubeó bajando levemente la mirada, pero medio segundo, para volver a retomar su compostura, mas esa fracción de segundo me dio margen para mirar a la hija, que era muy jovencita, quizá más que la flaquita de un momento antes, pero extrañamente, para mí, parecía vestir un atuendo deportivo caro o importado (¿cómo alguien de menos de 20 años puede llevar una ropa mucho más cara que la de su progenitor?), ¿o es que no era tan menor? (supongo que la idea es que hay marcas caras para ropa de todas las edades, pero muchas más para las de adultos y jóvenes que para las de adolescentes y niños). Sea como fuere, esta chica jovencita, vestida con un buzo caro y unos anteojos de lunas medianas, no tan ovaladas ni grandes como está de moda, era un ángel, una preciosidad, la belleza del día, sin duda. Una carita tan bonita, unos ojos tiernos que se mantuvieron firmes, seguros, finalmente esquivos antes los míos, y un cuerpecito quebradito, que resaltaba por lo pegado del modelo del atuendo, y lo que remataba era que el leggin negro, caro, que lucía, colocaba bien un traserito escultural, carnoso pese a la ligereza de esta ninfa. De todos modos, me quedé con un mal sabor de boca, porque noté en su conjunto una desconfianza de estas damas con respecto a la presencia de mi figura en su barrio. Un poco desmoralizado seguí mi camino...

  2. #2
    Un poco desmoralizado seguí mi camino hasta el fondo de la calle paralela para tornar en el sentido que me lleve de vuelta a la avenida de la que me había desviado. Vi un puesto de reparación o alquiler de bicicletas, cuyo anuncio de madera y algunas llantas desparramadas en su portal estrechaban la vereda, en lo que sale el tío dueño del negocio como si estuviera en su casa, en eso llega un muchacho con una bicicleta, y yo como si fuera invisible simplemente tuve que caminar por la pista durante ese tramo. Tampoco esperaba que me digan "pase, usted". Hasta llegar al centro comercial de Chorrillos, solo pasó que caminando por la avenida veo a unos metros delante de mí salir de un restaurant a una bella chica joven de anteojos, pelo castaño, blancona, ropa más o menos cara, con una actitud seria, llevando señaladamente de una mano el llavero negro con alarma de un auto estacionado allí mismo, supongo que de sus padres, y simultáneamente a mi lado, en una especie de pollería, una chica con uniforme colorido, también linda, está limpiando las puertas de vidrio del local de su trabajo, y veo que me mira con cierta complacencia, quizá porque de habérseme estado cayendo la baba por la señorita del auto, y ante la frialdad glacial de ésta, pase a mirar a la simpática mocita, un poco cuerpona, trigueña, con cara y ojos inocentes, como para refugiarme en ella, pues me da la impresión de que también se ha fijado en la jovencita indiferente del llavero, a la cual vuelvo a mirar, como preguntándole: ¿no seríamos buena pareja tú y yo, o me consideras por debajo de tu nivel, y te parece que mi lugar está con esta mocita amable? Ante toda nula reacción de la joven, seguí mi camino pensando en cómo sería tener como novia formal a esta chica del llavero, es decir, conocer a sus padres, hermanos, etc., salir a comer a veces con todos ellos inclusive en el mismo restaurant de Surco-Sagitario del que ella estaba saliendo, donde a un paso trabaja una linda moza que en tal caso ya no sería para mí. Justo en el paradero del ángulo de la esquina donde comienza el centro comercial que es mi destino, trabaja en un carrito sandwichero una venezolana, joven, delgada, relativamente alta ahora que me doy cuenta, de tez blanca y ojos orgullosos, que sigue atendiendo sus pedidos sin inmutarse, murmurando algunas palabras. Las últimas veces que he pasado por aquí me he fijado especialmente en ella, desde la vez que la vi hablando en plan de flirteo inicial con un señor de terno y corbata, más bien trigueño, ostensiblemente mayor que ella, la que en ese día iba con un buzo de trabajo, y todavía no se veía toda una dueña de la zona como la vi en esta ocasión. El tío de terno, comía su sandwich con salsas con desparpajo, parado, al frente del carrito, y la venezolana, también de pie, apoyándose levemente en su aparato de trabajo, con su esbeltísimo porte, le contestaba al parecer bien a sus preguntas. Un joven quizá algo menor que yo que venía de frente y también vio esta escena llamativa, se sonrió travieso, y yo pensando en qué era lo gracioso, caminé en un estilo de "pasar piola" al lado de la pareja. Por alguna razón, mi paso llamó la atención de la flaca venezolana, unos de sus ojos medio se torció atrayentemente cuando le miraba bien el rostro, ella no dejando de atender a su interlocutor, yo a espaldas del tío de terno, y cuando ya los estaba dejando escuché que ella entre estornudó e hizo el sonido de un beso. ¿Qué me quisiste decir con ese sonido flaca venezolana, que te gustaría tener un novio joven como yo y no a un viejo, pese a que no tengo terno ni usaré nunca uno para trabajar, porque lo mío, escribir, no tiene nada que ver con oficinas ni empresas?, ¿que me querrías con mi casaca marrón y mi jean, con mi ropa de calle, y con mi actividad solitaria de escritor, que me permite tomarme esta tarde para venir a caminar por acá y verte con este tío de terno al que honestamente envidio porque le has contestado a sus palabras? En el momento que los dejé atrás, reconocí dolorosamente que no bien los había visto me había gustado, excitado, exasperado tal imagen de un señor con terno floreando a una guapa y joven venezolana humilde, sandwichera, ambos de pie. Yo que soy discípulo del filósofo esloveno Slavoj Žižek, he aprendido de éste que el acto sexual de una pareja requiere siempre un tercero implícito, un punto de visto externo que sirve como la referencia para quien se escenifica la fantasía sexual determinada que sostiene la tarea de la performance sexual de la pareja. Es decir, el contacto corporal sexual sería simplemente imposible si fuera meramente "natural" (cuando se da esto, "cuerpo y carne", como dice la salsa, sin ninguna fantasía simbólica que lo sostenga, como en el final de la película franco-austriaca La pianista del 2001, uno simplemente se queda brutalmente extrañado de lo que está pasando, como si no estuviera allí). Por el contrario, cada caricia, movida, ejecución, etc., sexuales suponen ya un complejo trabajo de retraducción de los toques corporales en su mera carnalidad en toques excitantes, generadores de goce (es decir, de lo que, según Freud, iba "más allá del principio del placer", la jouissance, "el placer en el dolor"). Desde luego que cada uno, hombre o mujer, tiene su propia "fórmula" de qué es lo que lo excita sexualmente (dice Žižek que la del "hombre de los lobos", uno de los pacientes de Freud cuyos casos se hicieron públicos, era la de una mujer en cuclillas y de espaldas, aparentemente las nodrizas de su niñez se ponían en esta posición cuando fregaban el piso). Lo cual supone también que uno tiene que aprender, diríamos, a "escribir su fórmula". Y desde lo más básico. Es decir, en principio, una vagina no tiene por qué excitar a un hombre. La única vez que yo he visto una, de una prostituta peliteñida de rubio de la Avenida Grau, me di con que, pese a haber visto toneladas de porno anteriormente, realmente no me decía nada, jaja. Yo estaba tan ansioso cuando la prostituta, que la verdad fue muy amable cuando me convenció/jaló llevándome de la mano hacia el cuarto destartalado de tripley en el segundo piso de la casona vieja a cuya puerta estaba parada con otras putas más jóvenes que ella, se estaba sacando el short de jean que vestía y su calzón ancho, porque iba a ver por fin una vagina (hasta un poco escéptico al respecto, en serio: ¿y si en vez de una vagina veo un pene?), que ella misma me preguntó, al ver cómo mis ojos buscaban revisar anhelantes y curiosos lo que había ahí: ¿qué?, ¿quieres mirar?, ¿te gusta mirar? En efecto, era una vagina. Ella se echó de espaldas en la cama para que yo examine bien, y cuando me acerqué a su orificio se desprendió una especie de pedo vaginal que olía a pescado sucio, quizá el aroma más rico que he experimentado en toda mi vida. Cuando alcé la cabeza y la vi, noté una mirada significativamente fija y algo achinada como si me quisiera decir "muchacho, qué te pareció ese olorcillo, esto es lo que soy". Hasta eso no le había pagado. Ella me hizo sexo oral, poniéndome el condón con sus propios labios, pero yo ahí sí no sentí nada de nada, era como si me estuvieran lustrando el zapato, mientras ella movía con cierta energía su cabeza de atrás para adelante, y tampoco tardó en notar que su chupada no producía reacción en mí. Cuando luego de esto, me cobró, yo le di todas mis fichas un poco palteado (¿qué, pensaba que iba a ser gratis?). 18 soles, 10 para el hotel, el resto para ella, según me dijo. Tenía dos soles más pero le dije "esto es para mi pasaje". Mi compañero con está transacción monetaria decayó, y no volvió a levantarse. Ella, medio resignada después de que le dije que no tenía más dinero, se echó y me dijo que venga. Yo ya estaba con el pantalón abajo, pero no me lo quité (¿pensaba que me iban a robar este pantalón viejo?), como tampoco me quité la camisa de cuadros azules y blancos, y rayas verticales amarillas, que era de marca, pues entendía que le gustaba a la puta, como a mí me gustaba su polito de un azul eléctrico intenso que la hacía ver rejuvenecida cuando la vi en la calle, y que no se lo sacó. Pero hasta ahí iba a llegar. Me puse encima de ella como pude, y no la logré encajar ni nada, mis brazos estaban extendidos cada lado por encima de sus hombros, y temblequeaban, no era una posición cómoda...

  3. #3

    ...Esta prostituta de cabello rubio pintado, alborotado, ciertamente tenía una cara guapa, con unos pómulos bastante marcados y ojos un tanto rasgados, quizá esto no le daba una expresión de delicadeza, pero era maduramente simpática. Buscó mi mirada cuando nuestras caras se acercaron, y medio instante estuvimos en sintonía, vi que su ojito derecho se empatizaba e igualaba con mi ojo izquierdo, pero me negué a contemplar mi expresión reflejándose en la suya, es decir, rechacé este algo de "amor" o distinción que la puta –que se sabía guapa– me quería dar, para hacerlo también porque yo le vacilaba y ella a mí. Desvié mi mirada, como una reacción automática, para disimular el que realmente su rostro me parecía guapo, y así darme al interesante –¿pero de qué servía en ese momento aparentar que para mí no es tan importante la belleza física de un rostro, si ya estaba encima de ella como amante (aunque pagante)?–, o quizás porque me horrorizó ver tan de cerca la mimesis de la expresión muerta y como congelada de mi ojo izquierdo, que luce como efecto siempre un poco más abierto, o en todo caso contrastado, que mi derecho. Expliquemos esto último. No soy fan del anime Tokyo Ghoul, pero el protagonista de éste, que es mitad vampiro y mitad humano normal, tiene una mirada que más o menos da una idea de la que a veces veo reflejada inesperadamente en algunas mujeres; así como en el caso de esta prostituta de Grau, cuyos ojos estaban a centímetros de los míos, incluso también una vez siendo un espectador evidentemente a distancia del escenario de una pasarela de modelaje implementada en uno de los centros comerciales más grandes inaugurados en los últimos años en la ciudad. En esta una de las modelos que iban a vestir las marcas que tenían sus tiendas en dicho mall, era una venezolana blancona y delgada, de pelo negro, no demasiado alta, que lucía la ropa con un estilo súper decidido, marcando los pasos firmes y como si estuvieran cronometrados a la exactitud, y a la vez que no dejaba de ser un paso muy sexy. La verdad que daba la impresión de ser una modelo muy segura y orgullosa, en ningún momento titubeó ni pareció interesada en chequearme, yo que estaba solo en la última fila pero de los lados laterales de la instalada pista de pasarela; "esta sí debe ser una flaca fuera de mi alcance", pensé. La cosa es que cuando acabó el modelaje hubo un sorteo de algunas prendas de las tiendas auspiciadoras del evento, en el cual no participé pese a que me dieron un ticket, uno, porque ya no me gusta estéticamente usar ropa importada ni regalarla, y dos, porque me daba roche subir al escenario e intercambiar palabras con el maestro de ceremonias, que no sé si me hubiera preguntado, "¿cuál de las chicas te gusta?", como hizo con una dama sorteada con respecto a los modelos masculinos, de ser honesto, le hubiera dicho que la flaquita de un rubio casi pálido, platino, en cola de caballo, que parecía una pitucaza, es decir, la que no me prestó bolas ni siquiera en esta instancia en la que dejaron de modelar y se colocaron todas juntas, en fila, manos a la cintura, en el medio del escenario, un poco detrás del presentador. En cambio otras sí se mosquearon en este momento, ahora que ya no se movían sino estaban estáticas ante mi vista. Bueno, hay que decir que entre el público había en su mayoría señoras, niños, adolescentes, y tíos que acompañaban a los anteriores, yo era uno de los pocos jóvenes relativamente cerca de la tarima, solo, camisa azul de manga larga, peinado hacia un costado, vello facial, actitud de quien primero vino a ver las caras y cuerpos de las flacas pero luego hizo un esfuerzo para ver el estilo que cada cual ponía para modelar la ropa –pese a que esta no me atraía–. ¿Tal vez algunas flacas pensarían: y qué tal si este barbón solitario de camisa resulta sorteado y viene al escenario, y entre los saludos resulta que congenia conmigo, y quedamos para un día, y nos enamoramos y nos casamos...? Y mientras hacían los sorteos, y yo me hacía al loco, supuestamente esperando si me tocaba a mí, anuncian el nombre de un varón, y sale del fondo de los asientos enfrente del escenario un tipo casi cuarentón, con anteojos, pero que camina con mucho carácter, y serio sube al escenario, contestando firmemente a las preguntas del presentador, dijo que era arequipeño y estaba de visita en Lima, acompañando ahora a su madre, no sé hasta qué punto era risible que acompañara a su seguramente anciana madre, pero su actitud y su voz dura eran atractivos. Las modelos del escenario no fueron insensibles, especialmente una de ellas, quizá la de cara más bonita entre las altas, pelo rubio cenizo y un poco alborotado, que se lo atizaba y se mostraba nerviosa de no poder disimular el exceso de su atracción. ¿Y chica bonita, ante quién te ponías nerviosa de que te gustara a una chica joven tan linda como tú un provinciano, duro, maduro, sino ante la única mirada joven que por ahí había que era la mía? Yo estaba impactado, celoso y también avergonzado de que me gustaba/excitaba que a la chica joven bonita le gustara el tío arequipeño. En esos segundos no pude mirar a los ojos a ninguna de las modelos, como si quisiera ocultar el que el tipo del escenario, suertudo como lo demostraba el sorteo, nada nervioso, que se prestaba a responder las preguntas y estar al menos un rato ahí, y que estaba corporalmente en la plenitud de su adultez, me parecía más atractivo que yo y que muchos, y que de esto era mejor que no se enteraran las flaquitas porque se me irían de las manos. Vaya ficciones de uno, como si cuidara que ninguna de mis vacas se salga de mi ganado. Luego que el tío se fue, y otros fueron sorteados, la cosa se tranquilizó. Ya no estaban nerviosas las modelos y yo tampoco, pero me preguntaba por qué reaccioné así, por qué me molestó/gustó tanto ver a la jovencita modelo bonita atizándose su cabello sexymente ante la presencia del tío provinciano. Solo cuando luego subió sorteada al escenario una tía medio chata pero muy cuerpona, que defintivamente no era lo suyo la ropa de marca, las modelos que seguían llevando las ropas de las tiendas, y por supuesto, mucho más jóvenes y delgadas, me parece que se pusieron un poco nerviosas, haciéndose a las locas de que solo era una señora sorteada más pero su gesto demasiado tieso delataba un interés –por decirlo así– vergonzoso. ¿Qué, es que se cambiaron los papeles, y ahora por lo menos están curiosas de saber si a mí, que soy aquí únicamente el representante de la "mirada joven", me gustan más que lo grácil de los cuerpos de las jóvenes como ellas, la carne abundante, los rollos, la panzita rica y demás, de una tía con ropa del día como ésta, y que respondía a las preguntas con un dejo de esquivez? Justo en ese momento vi mi reloj y me retiré, no por evitar reaccionar a la tía cuerpona de rojo que subió al escenario, que realmente no era de mi tipo, si hubiera sido más alta quizás sí me ponía nervioso, sino porque tenía programado quedarme solo hasta las 8 para luego tener por lo menos un buen par de horas de lectura de la novela que tenía entre mis manos, un libro de tapa dura, grandecito, caro, 35 soles
    , de Émile Zola, que las modelos solo pudieron haber apreciado con claridad cuando me puse de pie y di unos pasos para retirarme. Este libro, durante las veces que salí con él, tuvo su jale. No bien lo compré y lo empecé a leer en una banca del Parque de la Muralla, dos madres que no llegaban a ser cuarentonas junto con sus respectivos hijos varones pequeños, de dos o tres años, se sentaron en una banca de al lado, y empezaron a conversar, mientras yo procuraba concentrarme en las páginas iniciales de la novela de Zola. Uno de los niños que estaba siendo cargado por su madre de pronto dejó caer una pequeña pelota verde de plástico, la que fue rodando justo hasta mis pies, yo, con la palma y los dedos como pinzas de una de mis manos la agarré firmemente, me puse de pie y se la devolví con gentileza a la madre diciéndole "Aquí tiene", respondiéndome la madrecita con un "Muchas gracias". Fue recién al hacer esta operación que aprecié lo juvenil que lucía esta madre, mucho más que su compañera, la cual era más carnosa pero también más gorda y con aspecto de señora; cierto que un momento antes, en el que esta última madre gorda, con un rico trasero gordo (hay que reconocércelo), iba a traer a su hijito que se había alejado mucho, la otra se quedó sola unos instantes, y aunque yo no me atreví a mirarla de frente sí percibí que se hallaba sentada con mucha elegancia, cruzando las rodillas, con cierta complacencia y ninguna timidez, lo que me hacía sospechar de que quizá esta mujer estaría buena. Y lo estaba. De contextura pequeña, con una ropita entre deportiva y casera pegada a un cuerpecito eso sí bien proporcionado, un peinado recogido arriba que dejaba ver una frente noble, una tez clara con cierta chaposidad rosa, y unos ojos muy amables, en conjunto, era una casual hermosa mamita. Después de lo de la pelota, volví a mi lectura y las madres conversaron entre sí más despachadamente, allí quedé hiptonizado por la voz de la madrecita linda de la pelotita, era armoniosamente la de una "cholita", como suele decirse, pero la de una cholita madre de una familia, que cuida y defiende a los suyos, una voz nada sumisa sino una que no temería poner en su lugar a cualquiera, "y dice que mi hijo es un vago, pero que se preocupe por su esposo que es un borracho". Después, más calmada, se refirió a otra señora, que tenía un carro, y en cuya casa había trabajado haciendo limpieza, y yo me decía, pero debieron ser unos reyes o los más suertudos del mundo los que han tenido a una dama tan elegante, amable y seria como tú como trabajadora doméstica en su casa. Qué envidia no solo de los posibles jóvenes de la casa de la tal "señora del carro", también del señor, o de las visitas ocasionales que se habrán ganado contigo. Aunque pensándolo bien, tampoco tanto, porque ciertamente me gustaría conquistar a una empleada doméstica, pero no a una que esté bajo contrato laboral con mi madre. Y siguen conversando las señoras, y los niños juegan revoloteando alrededor, y en ello, uno de los menores se sienta un momento, o lo sientan, y cuando parte para retomar su correteo de infante hace que se caiga de nuevo la pelotita verde, que estaba en la banca, la que otra vez llega cerca de mis pies, y repetidamente la cojo con una mano y se la ofrezco a la madre guapa diciendo ahora un juguetón "Otra vez", y riéndome cortadamente, a lo que no recuerdo si me volvió a dar las gracias la guapa mujer, pero lo que sí hizo fue también reírse cortadamente, imitándome, respondiendo simpáticamente a la casualidad de la situación. Casualidad no solo de que dos veces se caiga una pelotita hacia un mismo lado, sino asimismo la de que no todos los días uno encuentra guapa a una mujer y ve que el sentido del humor o de la oportunidad de uno y de ella también es coincidente. Pero la otra señora no tardó en reaccionar al "peligro" que veía en que la madre guapa y yo, camisa ploma y zapatos negros, con anteojos, leyendo un libro grueso y bonitamente encuadernado, estuviéramos más tiempo casi frente a frente, esperando tal vez que se cayera de nuevo la pelotita verde de plástico. Ya no conversaron más y le dijo a la mía "Ya vamos", en un tono casi como si le diera una indicación. Y se fueron. Y por supuesto que tengo claro que si algo de simpatía le causé a esta linda dama y madre ese día, era solo porque tenía en mis manos un grande y bonito libro que leía con interés...

  4. #4

    ...Pues bien, antes de dejar el show de modelaje para irme a leer en algún lugar del centro comercial, le di una última mirada al grupo de modelos, la cual quizá fue triste, porque en mi interior pensaba de que si entre este ramillete de bellezas juveniles no hay ninguna que me incite a romper mi rutina, o inclusive que me insufle de un ardor para atreverme a quedar hasta lo último del evento y con cualquier pretexto acercarme a buscar un contacto, entonces estoy frito pescadito o qué pasa conmigo; pero también pensaba en si por la cabeza de estas bellas modelos no pasaría el pensamiento complementario al mío, si este barbón de camisa azul, que tiene al parecer una edad compatible con la mía, es mayor que yo pero no tanto y parece tener cierto estilacho, no me gusta en última instancia y noto que tampoco yo le gusto demasiado, ¿entonces debo conformarme con mis compañeritos del barrio o de la universidad, o con los tíos empresarios que tienen su vida hecha y derecha?; más o menos intuía que tanto yo como ellas no sabíamos qué queríamos, y al menos eso quizá de alguna manera nos unía...Pero cuando mi vista llega a la modelo venezolana, que estaba pegada a un lado, como si fuera ajena de las corrientes de atención que se suscitaban entre las demás jóvenes, noto que si bien no me miraba de frente, como no lo hizo en casi ningún momento de todo el show, tenía lo que he señalado como el reflejo de mi mirada, que me la devolvía, insisto, no directa sino muy tangencialmente, el ojito derecho más abierto que el otro y como ido, como si fuera un ojo de plástico extraído de un peluche y transplantado, sin expresión de ninguna profundidad o emoción, el ojo de un "muerto vivo". Este último sintagma no es un mero decir metafórico.
    Žižek llama "muertos vivos" a los hombres y mujeres que atraviesan la experiencia radical de la "destitución subjetiva": el desprendimiento de los lazos que nos ligan con el entramado de relaciones simbólicas de un orden social dado, el que el mundo que conocemos se nos caiga, el que no encontremos ninguna justificación o garantía última del sentido de los hechos de nuestra vida. Dos ejemplos que pone Žižek. El personaje Antígona del trágico Esquilo, que en su afán de hacer un entierro apropiado de su hermano Polinices (castigado como traidor de Tebas) no se arredra en asumir todas las consecuencias que ello le depare, su desheredamiento, el fin de sus proyectos matrimoniales, la persecución de la justicia, la que la sentencia a morir de hambre en una cueva de las afueras de la ciudad. Cuando descubren que Antígona es la responsable del entierro ilegal de su hermano, y es llevada a que compadezca ante el rey Creonte, su hermana, Ismene, trata de interceder por Antígona, suplicando la clemencia del rey para con ella, quien es no solo un miembro de la familia real, hija de Edipo y Yocasta, y sobrina del propio Creonte, sino también la prometida del hijo de este último, el joven Hemón, que pronto regresará a la ciudad de una campaña militar. La respuesta de Creonte es horrorosamente contundente: "No digas «ella», ya no existe". En efecto, desde el momento en el que Antígona confiesa su delito, sin mostrar ningún arrepentimiento, manteniéndose insobornable en su posición de haber hecho lo que tenía que hacer al intentar dar una digna sepultura a su hermano, se ha separado de la comunidad, se ha vuelto en alguien con quien no cabe relación mediada socialmente (su prometido Hemón le suplica inútilmente que cambie de actitud, que reconozca su error y salve el futuro de los dos; su hermana Ismene le sugiere infructuosamente desde el inicio que sea más razonable, que tienen que ser cuidadosas con sus acciones pues son lo último que queda de su trágica familia; etcétera). En verdad, ya no existe para los demás. Ha muerto simbólicamente. Y hasta el momento en el que se ahorque a sí misma rodeada de las sombras de la gruta de su suplicio, hasta su segunda muerte o "muerte real", mantendrá la condición, dice Žižek, del estado de "entre dos muertes", de alguien que está más bien muerto, que debería estar totalmente muerto, pues ya no hay lugar para él o ella en la polis, pero que todavía vive, es decir, vive en la condición –diríase– de un fantasma o de un espectro que aunque flote entre nosotros y nos mire con sus ojos vacíos no lo consideramos un par, con el que nos podríamos relacionar o esperar algo de él o ella. De hecho, es así como nos pintan la "vida" de los "muertos vivos" (undead) o zombis de las películas de terror, hombres y mujeres que andan torpemente, sin albergar ya ninguna riqueza interior, ningún pensamiento, creencia o Causa, guiados únicamente por una pulsión no se sabe si de subsistencia alimenticia o de simple ejercicio mecánico de violencia. En el caso de Antígona, Žižek señala que su posición va progresivamente definiéndose como una de "pulsión de muerte", una búsqueda de acabar con todos los lazos que la ligan a, o que aún quieren ligarla con, la sociedad para finalmente alcanzar su muerte real. Entre los cuales estaría inclusive la Causa del entierro apropiado de su hermano, en cuanto que ésta al provocar la exclusión del orden social de la polis de Antígona, se autoelimina, al verse cortada su relación con las coordenadas sociales específicas de la polis tebana en crisis después de la caída de Edipo, únicamente en cuyo terreno pudo emerger tal noble Causa. En contraste, en el "entre dos muertes" donde ahora se encuentra Antígona, no hay condiciones para que emerjan Causas como tales, la subjetividad ha quedado "desconectada" o destituida. El otro ejemplo es el del grupo de mujeres bosnias que fueron violadas por la tropas serbias que invadieron Sarajevo en la Guerra de los Balcanes a principios de los noventa del siglo pasado. Cuando después del conflicto, empezaron a hacerse las denuncias de estas violaciones, tales mujeres se toparon con el trauma de que nadie les hacía caso, de que los ultrajes padecidos no eran reconocidos por las instancias de autoridad gubernamental de ningún país. La dura lección que aprendieron estas mujeres, explica Žižek, no es simplemente que se toparon con la corrupción de lo políticamente correcto que establecía que no debían prenderse chispas en las cenizas sobre las que se instauró una sociedad balcánica capitalista como única alternativa al fracasado régimen comunista de Tito, pues es posible que llegue un momento en el que puedan ser reconocidos estatalmente dichas violaciones, por ejemplo, como "lamentables delitos de una guerra pasada". La cuestión es que precisamente la brecha que hay entre que contingentemente sean reconocidas o no unas violaciones reales nos indica que no existe ninguna instancia garante fija o segura del sentido de nuestros actos, que no podemos confiar nunca del todo en la sociedad, ni mucho menos, porque "la sociedad" es una quimera, no existe, señala Žižek: "el Gran Otro no existe". Sin embargo, aquí se atraviesa una cuestión aún más radical, el hecho de que la violación sexual sea, en cuanto tal, falta de todo sentido. Sucede más o menos como con las víctimas del Holocausto, los muslims, no hay nada valioso o digno en su experiencia de tortura, confinamiento, humillación, utilización como objetos de experimentación, etc.; de lo que vivieron no se puede sacar ninguna lección que los demás debamos aprender. Se tratan ciertamente de experiencias absurdas, pero en el sentido preciso, antes bien de que meramente sean hechos que no tienen sentido, de que sean hechos que tienen un no-sentido, es decir, hechos en los que la inconsistencia primaria del orden social simbólico está puesta como una determinación positiva. En efecto, luego de ser un muslim en los campos de concentración nazis, o de ser violado/a por los soldados de un ejército invasor, etc., no hay prueba viviente más clara de que el "Gran Otro no existe", de que no hay Dios, ni Verdad suprema, ni Estado de Derecho, etc. –es decir, de que no hay ninguna instancia garante de sentido que pueda justificar, conferir algún significado "profundo" a, o resarcirnos de alguna manera de, la experiencia vivida–, que uno mismo.

    Entonces, me encontraba encima de mi prostituta teñida de rubio de Grau, con los pantalones y la truza Boston abajo, el pene ya flácido, ella me miró a los ojos, yo desvié mi mirada, ella hizo un gesto de decepción, molestia, y a su vez desvió la suya, rompiéndose lo que podría haber sido algo de "amor" entre nosotros, un cariño sexual compañeril entre "muertos vivientes", y pasamos unos segundos en silencio, mientras que mi compañero se había dormido y no se iba a despertar. Ella dio un tenue suspiro de hastío, al ver que no hacíamos nada, y me observó algo maliciosamente, quizá para desquitarse de lo de las miradas esquivadas, que mis brazos estaban temblando notoriamente, lo cual era innegable. Le respondí: "Es por el equilibrio (que estaba manteniendo al colocarme sobre ella, en posición literal cual si estuviera preparado para hacer planchas)". Y ella retrucó: "Pero cuál peligro, si no hay ningún peligro". Lo que pasa es que previamente, cuando nos abordamos en la calle, conversamos hasta más de 2 minutos, ella ofreciendo todo su repertorio de servicios como si se tratara de sacar a la vista un amplio abanico en el que cada pliegue era un acto sexual comprado diferente: "Trato de pareja, papi... Hago anal... Te la chupo, sin compromiso. Si se te para, me penetras". Yo, aparentando estar asustado, y pensando en mi cabeza "es increíble, estoy intercambiando palabras con una prostituta", le decía que me preocupaba de si me podía pasar algo si la seguía, de si quizás había peligro en subir a la habitación a donde ella me ofrecía llevar (tenía la anécdota de unos amigos universitarios que una vez entraron a un hotel con unas prostitutas por la Colmena, pero al poco tiempo de estar con sus amantes pagadas en las habitaciones, tocaron duramente a sus puertas porque supuestamente había una batida, así que tuvieron que salir despavoridos no solo sin matar, sino que resulta que sus mochilas habían desaparecido y no sé si también algunas de sus prendas de vestir). Por lo demás, yo no tenía mucho dinero, pero la cuestión es que ella tampoco habló en ese momento de cuánto costaba su servicio, etcétera. Su oferta era simplemente: "vamos, te la chupo", y además que me aseguró que no tenía que preocuparme de que me pase algo, que eran puras mujeres, qué me podrían hacer (la verdad que por los rasgos faciales bastante marcados de la "dama de compañía" que tenía al frente, no descarté de que quizá fuera un travesti, solo hasta ver su rasurada vagina, pude dejar mi escepticismo: ¿en realidad voy a tener sexo con una mujer?). Esta aclaración de su sexo, así como su voz que no era impostada, y sobre todo, la en verdad agradable conversación que estábamos teniendo acerca de si me animaba a subir o no con ella arriba, a tener sexo, minutos después de vernos por primera vez en la calle, yo, camisa de marca bacán pero algo gastada, lentes viejos, en una mano libro de cuentos en inglés, y dobladas entre las páginas de éste hojas impresas de algún libro de Žižek que estaba leyendo, ella, polo azul barato con algunas palabras en inglés o tal vez con el emblema de una marca extranjera, tatuaje en uno de los brazos de un nombre femenino con letras grandes (¿el de ella misma, el de su hija?), elegante carterita de cuero color del mar verde-plomo en bandolera, sostenida en uno de sus hombros, hicieron literalmente que me dejara llevar por ella. La verdad no me podía quejar, era una mujer de cara guapa, que lo sabía y que se complacía en que uno admirara su rostro cuando se conversaba con ella, por el cuerpo, ciertamente estaba subidita de peso, pensé "a otros les debe gustar mucho el que sea carnosa, con unas piernas y un culo bastante gordos; hasta quizá ella adapta su dieta para atraer clientes con esos gustos", se notaba que me llevaba unos años, era madurita, quizá tendría hijos en la escuela, pero no estaba nada mal, hasta, otro punto a su favor, era quizá un par de centímetros más alta que yo, que soy más bien de baja estatura, con sus sandalias de vestir de taco leve.

    Cuando ella me reiteró algo fastidiada de que allí, en el cuarto sombrío y destartalado de triplay, que ella se había cuidado de cerrar bien –y en el que incluso, en efecto, tocaron la puerta poco después de que entráramos, pero ella salió y le dijo a alguien que ella estaba ahí ocupándolo, dando a entender que nos dejaran tranquilos porque íbamos a pasar quizá un buen rato–, no había peligro, yo le contesté: "No dije peligro. Dije «equilibrio». Es que no tengo mucha práctica, jaja". Ella me dio una mirada de extrañeza y rota ya toda la posible magia, me dijo, fría, severa, que me levantase, me preguntó si acaso no me gustaba (el sexo, las mujeres, la vagina, o ella como madurita carnosa teñida de rubia), y yo le respondí sin dudar, pero cómo no, sí me gusta (el sexo, las mujeres...). Ella de inmediato se puso su ropa de cintura para abajo, me dijo, indicó, ordenó que hiciera lo mismo, y que iba a ir al baño, que en un momento regresaba; yo le decía que me disculpe..., porque ya no se me paraba, supongo, y avergonzado por esto quería de alguna manera compensarlo tal vez con palabras, le dije para que conversáramos un rato, levantando la voz como exigiéndole que ya que nos habíamos visto desnudos también quería que oiga mi interioridad más perturbada (el "mundo interior" de cada cual, que en cuanto expresión directa de lo recóndito de uno mismo, enseña Žižek, no puede ser más que "pura mierda", pobre de aquellos a quienes arrojamos inopinadamente ésta). Ella hizo el teatro de que se asustaba ante mi cambio repentino de carácter, y asintiendo que sí, que ahorita volvía, se fue rápidamente. Por supuesto no volvió, y yo, envolviéndome en mis pensamientos en esos minutos de espera, sentado, solo, con el libro con las hojas de Žižek otra vez en una mano, sobre el catre derruido de un prostíbulo instalado en una quinta vieja quizás colonial, pensaba que esta mujer no tenía por qué actuar también de psicóloga o confesora, pero también me decía y si quizás sí, si quizás ella podría haberse sentido conmovida por algún rasgo de mi personalidad en esos relativamente pocos minutos que nos habíamos conocido y vendría a ofrecerme su amistad, para llorar tal vez hombro a hombro por las penas y traumas de cada cual.

    Luego de no sé cuántos minutos abrieron la puerta, y era una señora bajita, delgaducha, trigueña, pelo negro amarrado, con escoba y recogedor en las manos, diciéndome que desocupe el lugar porque iba a hacer limpieza. Yo le dije que estaba esperando a "una señorita de pelo rubio", "que me dijo que iba a volver en unos momentos", con un tono de voz algo exasperado pero que trataba de ser educado con todo. La mujer, confundida con mi actitud que trataba de ser algo caballeresca, y a la vez aterrada por mi mirada, que supongo estaría como volada, desconcertada, y quizá algo molesta porque de todas maneras mi prostituta se me había ido, se puso visiblemente nerviosa, pero recalcó que ya no iba a venir nadie, que simplemente saliera. Mientras intercambiábamos estas palabras, por mi mente pasó el pensamiento de si con esta mujer sería posible también tener sexo allí mismo, con su uniforme de limpieza, sus ojos grandes, la verdad no me parecía nada fea, hasta quizá con esta tía de limpieza sí se me paraba y podía llegar hasta eyacular, como no pasó con la prostituta rubia. Como tampoco planeaba quedarme a vivir allí, salí sin problemas del cuarto. Me quedé un momento esperando afuera de éste, sin saber si debía aguardar todavía a mi puta, en la especie de corredor desde el que se veían las habitaciones para los servicios sexuales, aparentemente no había nadie más; pero la señora de la limpieza me dijo que me retire de lugar, porque en la otra ala de la quinta vivían familias, y habían criaturas que pasaban cerca. En efecto, un grupo de niñas pasó en esos momentos hacia la otra parte de la inmensa casona, y me di cuenta que la imagen con la que se iban a quedar los demás de mí, la señora de limpieza, estas niñas pequeñas que llevaban bebitos de juguetes en las manos, era el de ser, con todo y mi ropa cara, mi libro en una mano, alguien vicioso, alguien malvisto o que es un mal ejemplo en sus acciones –qué importa lo bonito o lo intelectual que pueda lucir–. Así que emprendí la retirada, a pesar de todo, por alguna razón, satisfecho, con la cabeza orgullosa y el pecho adelante, como quien sale luego de llevar a cabo exitosamente un trámite judicial o administrativo, y en eso pasa una chica también hacia el lado de la construcción habitado por familias, joven, alta, flaca, cabello largo, una casaca que se veía desteñida, garbosa, nos miramos a los ojos, los suyos grandes, como teñidos de una laminilla brillante de escarlata, y me pareció bellísima, un perfil de supermodelo caminando imprevistamente en este lugar, y en sus ojos y gestos sentí, igualmente, la misma impresión de estar ante un vil putero con pinta de inofensivo intelectual, medio que se sonreía, pero medio también que le daba cierta simpatía de que un tipo como yo haya caído en ese lugar, de que haya restregado mi cuerpo y mis ropas de marca entre las sábanas irremediablemente sucias y las maderas carcomidas de los cuartos del prostíbulo del que salía.

    Cuando ya estaba en los últimos peldaños, se me fue la bronca que pude sentir porque mi puta se fue y no volvió, y cuando la vi a esta, se hallaba rodeada de las otras dos prostitutas más jóvenes, vacilándose, igual que como estaba cuando la vi desde lejos en la calle, y yo ya me estaba pasando, pero hice un gesto corporal incontenible de que "prefiero a la madura de azul aunque sé qué no me voy a atrever a nada", el cual ella captó y –esta es la diferencia entre una mera "fantasía", la mía, de gustarme una tía vestida con polito y shortcito, y el esfuerzo de, según dice Žižek, "atravesarla", de "atravesar la fantasía", de afrontar realmente y con todas sus consecuencias eso que digo que es lo que más quisiera hacer, lo que me obligó a llevar adelante esta prostituta rubia de Grau– confiadamente dio unos pasos apresurados para alcanzarme diciendo casi triunfalmente "sí quieres, papi", tocándome y haciéndome dar la vuelta, y cogiéndome de la mano, para empezar a hacer su oferta de servicios sexuales y lograr convencerme de que la acompañe a subir. Cuando sucedía esto, hablando los dos, cara a cara, pegados a un costado de la calle, un chibolo de pinta de universitario de primeros años (ropita más o menos cara, delgado, con mochila), al que yo había traspasado en mi caminata, seguro que se habría ganado, lo haya querido o no, antes con la intercepción de la prostituta madura rubia de azul en mi caminata, y ahora con la conversación más o menos fluida y en confianza que se estaba dando. Qué es lo que pensaría este mancebo –me preguntaba–, ¿un tío de camisa y zapatos que se deja, que le gustan las putas, que es todo un putero? Pero quienes también observaban esta escena callejera eran las prostitutas notablemente más jóvenes que siguieron paradas al lado de la puerta del hotel-prostíbulo. Me di cuenta que una de ellas, con gafas de sol semi-opacas, que dejaban ver sus ojos redonditos y sus pestañas medianas, que tenía por lo demás un cuerpo esbelto, carne joven quizás más cara, se sonreía y divertía al ver cómo era convencido y llevado de la mano por la prostituta rubia que evidentemente era mayor que nosotros. En contraste de al final. Al acercarme a las tres mujeres de la calle, al modo de una especie de decirle a mi ex-prostituta rubia que estaba todo bien con el hecho de que no había vuelto al cuarto, yo no atiné nada más que a reirme culposamente, ja..., ja..., ja..., y ella me dijo "papi, no pudiste", exponiendo mi no poder, mi impotencia, frente a las prostitutas más jóvenes que estaban presentes allí. La miré por última vez, como despidiéndome con la mirada, ella me dijo "la próxima vienes con billetes... vuelve", a lo cual yo no dije sí pero asentí obediente y respetuosamente, como si fuera un indubitable deber religioso y sacro el tener que volver. En eso de pasada miro a la prostituta joven de gafas negras, y su reacción ahora es de triste vergüenza, compasiva (no sé si con ellas, no sé si conmigo), baja la cabeza y los ojos como mirando al suelo. Luego le di una última mirada al balcón cerrado del segundo piso de la casona vieja pintada de rojo, en cuyas entrañas se podría decir que he "debutado", que a una edad más bien tardía he tenido por primera vez prácticamente relaciones sexuales con una dama. Mas relaciones en última instancia compradas, con una dama... de compañía....

  5. #5
    ...En ese momento que me iba quizá en verdad estaba convencido de volver. Pero entre el pensamiento y el acto, que es finalmente lo que cuenta, hay mucho trecho. Durante los siguientes dos o tres meses, caminé por todas las calles en donde es conocido que circulan meretrices callejeras en el Centro, Iquitos, Guzmán Blanco, Paseo Colón, Alfonso Ugarte, Carabaya, Ancash, Lampa, una vez intenté ir a Las Cucardas, desde la Plaza 2 de mayo a pie, pero no me acordaba del nombre de la calle por donde se entra desde Benavides. El asunto es que nunca me atreví a solicitar los servicios de ninguna de las muchas prostitutas que, en efecto, esperaban paradas a un lado de la vereda, sentadas en los salientes de los muros o gradas de locales comerciales cerrados, o se hallaban caminando rectamente a lo largo de una calle poco concurrida buscando un posible viandante que busque lo que ellas ofrecían, o viceversa, que ofrezca el dinero que ellas buscaban. El final llegó cuando en una de estas calles llegué a toparme con una prostituta a la que nada se le podía discutir, era una verdadera Venus, o una Helena de Troya, aquella, según como se la motejaba en la Ilíada, "cuya figura crea erección en los hombres". Más bien alta, ni flaca ni gorda sino voluptuosa en su punto, ni muy joven ni muy vieja, unos 29 o 30 años, piel clara, pero no de un blanco de pituco, ni tampoco de un blanco quemado por el sol de la sierra, su andar era terriblemente majestuoso, tan sensual como elegante, su vestimenta era llamativa porque al mismo tiempo de ser discreta, la que una mujer joven usaría para dar un paseo o acudir a una cita una tarde, tenía cierto toque certero de una acostumbrada coquetería, un pantalón blanco ancho que dejaba adivinar sus formadas piernas y su generoso trasero, una casaca jean celeste abierta, descubriendo un pecho opulento, una cartera de cuero grande, roja, llevada con mucha soltura, peinado lacio con cerquillo, cara bonita, adueñándose de la calle en cada paso, no titubeó ni un instante mientras yo caminaba en sentido contrario hacia ella, en una calle poco circulada, aledaña a una avenida, ya entrado el crepúsculo. Yo pensaba bien puede no ser una puta, pero parecía, ¿era o no era?, y sí lo fue, cuando yo cruzaba por su lado, asombrado y con cierto entendible sobresalto al estar en presencia de mujer bella tan sensual, ella dijo ahogando la voz, como si me susurrara un mensaje que iba a quedar solo entre los dos: "Vamosss". Llamado que, por su parte, era también sexy al oído. Pero no acudí a este canto de sirena, pese a que llevaba dinero para pagar y a que si había llegado a este lugar era expresamente con la intención de ahora sí comprar otra vez, luego de mi experiencia con la tía rubia de Grau, los servicios de una prostituta. En ese momento, más que la excitación lo que me dominaba era la sorpresa de que mujer tan bella se vendiera, pensaba que no se compensaba el mucho dinero que se le podría dar con el uso sexual de su cuerpo de mujerón. Pues esto es lo que era, insisto, no solo porque era cuerpona, sino es que también era joven, linda, con mucha presencia, una actitud nada vacilante, a la vez que era recontra sensual en cada uno de sus movimientos. Era del tipo de la mujer guapa en su plenitud que generosamente camina por la calle para el deleite de los viandantes. Y si ante esta Venus meretricia no cedí para repetir la experiencia del sexo comprado, entonces no lo haría con ninguna. Mientras me alejaba de la calle de este encuentro, pensaba que soy un cobarde o un mentiroso conmigo mismo, pues recorro las calles preparado con el objeto de pagar para tener sexo con una hetaira, y siempre arrugo a último momento. Pero ante tantos intentos abortados, quizá lo que deba asumir es que realmente no es esto lo que quiero. Que quizás las putas, el sexo comprado, no es para mí. La pregunta es qué supone esta incompatibilidad entre una posición subjetiva como la mía y la compra de "servicios sexuales".

    Es decir, ¿por qué no me excitaría la idea de tener sexo pagado? Si lo hice una vez, ¿por qué no he podido volverlo a hacer? Ciertamente me excita recordar los pormenores de aquella única ocasión, pero, en los hechos, no lo he repetido y tal vez nunca lo haga. Como señalé antes, en todo acto sexual de pareja se supone una "tercera mirada implícita" para la cual se representa la fantasía que sostiene a aquél en cuanto performance; ahora bien, si la fantasía representada tiene como destinatario a dicha "tercera mirada implícita" es por supuesto porque esta se goza en ella, porque es su propia fantasía la que les sirve a los otros de guión (e inclusive en la masturbación solitaria, el goce o jouissance de esta actividad reside en que se presupone un espectador tácito, a quien a su vez le excitaría que uno se toque a sí mismo y alcance el orgasmo viendo pornografía o nada más que con las fantasías sexuales intensas de su imaginación: por ejemplo, una madre o un padre que prohíben el porno pero a la vez se hallan fascinados por él; o la mirada de un pastor o de un cura, pues como explica Žižek, la propia moral cristiana requiere como condición para mantener unos "rígidos valores conservadores" no meramente la "posibilidad" de pecar sino la "necesidad" de hacerlo, solo por caer en el pecado es posible un sincero arrepentimiento, y la reafirmación de los "rígidos valores", etcétera). Es decir, por un lado, existe un tercero que goza con la idea de que Juanito y Juanita se emparejen y tengan sexo. Yo, como joven peruano sin ingresos propios, sería tal vez el "tercero implícito" a quien le excita que un señor de terno que sale de su trabajo de oficina, que podría ser mi padre, y una joven y bonita sandwichera venezolana, ¿que podría ser mi novia?, tengan sexo. Y por otro lado, cuando Juanito y Juanita tienen sexo lo que les excita y hace posible que se amen sexualmente es justamente que hay un tercero a quien le excita que estén juntos. Que el día que nosotros, un señor de terno y una joven venezolana ambulante, conversábamos por primera vez en la calle, como comprador y vendedora, al lado del carrito sadwichero, había un joven peruano de casaca marrón y jean que pasaba, tú, que disimuladamente gozaste viéndonos, tratando de llamar la atención sobre todo de mí, la joven venezolana, como si me quisieras dar a entender, con un movimiento de inquietud complacida de tus hombros, que hasta me envidiabas que mi belleza y juvenil figura solitas hacían que un señor de terno venga y me requiera, impresionando con su porte a mi humildad, de lo cual te dabas cuenta, te ponías en mi lugar, y te excitabas.

    Lo que tiene lugar aquí no es otra cosa que el carácter estructural del deseo humano, el que, como dice Žižek, el deseo sea, siempre, el "deseo del otro". Es decir, que como nuestro deseo (ético, sexual, etc.) es inherentemente artificial, siempre creado, formado, nunca salido de la nada –nunca es una creatio ex nihilo–, es inevitable que dependa no solo, en general, de las condiciones específicas del entramado de relaciones simbólicas en el que nos encontramos, sino además, en particular, de los modos individuales en los que el deseo toma una forma idiosincrática, singular, propia de cada cual. Lo cual significa que la constitución del deseo de cada uno no solo está mediada por el Otro (el orden simbólico conformado por las relaciones y los títulos sociales –de padre, esposo, hijo, estudiante, escritor, etc.–) sino también por el otro, los otros sujetos asimismo deseantes que se plantean en condición de tales como un enigma terrible y fascinante a la vez, que se atraviesa en nuestra garganta (¿cuál es la fantasía del blanco más pituco de Miraflores con respecto a las guapas migrantes venezolanas?, ¿o cuál es la fantasía del moreno alto más pintón de Villa el Salvador con respecto a las jovencitas rubias y blanconas de Miraflores o de Barranco?). Esto implica que todos somos en una cierta medida aprendices, y en una cierta medida, maestros, del deseo de los otros. Ahora bien, la pregunta es: y en el caso de la performance sexual de la pareja del cliente pagador y la prostituta, quién es el "maestro del deseo" de este cliente, es decir, quién es el referente cuya satisfacción y goce deseantes se está imitando o siguiendo al excitarse y llegar incluso a eyacular teniendo relaciones sexuales compradas con una "zorra" de compañía. La cuestión no se agota si se da la respuesta obvia: otro putero; pues habría que decir que es una falsa respuesta. Por supuesto que es posible que a uno le empiece a picar el bichito de las prostis escuchando las historias que otros cuentan de sus encuentros pagados con estas mujeres, etc., pero la cuestión es que el deseo que realmente se adopta al aficionarse al "sexo comprado" se halla solo implícito en la trama superficial de la fantasía sexual cliente-prostituta. Por su carácter, la figura de esta última, la mujer que se prostituye, pública, que tiene sexo con varios hombres diferentes, diariamente, genera una repulsión/fascinación por su deseo, por su modo de gozar (¿al margen de que lo haga por dinero, realmente le gusta, se excita cuando, por ejemplo, recibe a un señor casado con hijos que estaba por la zona haciendo un trámite en el Poder Judicial, o es que lo que la prende es más bien justamente el dinero, el que un señor casado con hijos que estaba por la zona... le page para penetrarla?). Sin embargo, lo que hay que averiguar es desde qué punto de vista estas fantasías sobre el goce de la PUTA, que le gusta el pene pagador, que es una perra en la cama con los que le dan sus buenos billetes, etc., son algo terriblemente seductor. Quizá lo que descubramos es que tal punto de vista externo, realmente desde el cual se obtiene goce y es posible el funcionamiento de la fantasía del sexo salvaje, sin restricciones, extremado con una prostituta, sea uno –en principio– nada femenino, ni subversivo ni mucho menor liberador.

    En este punto puede ser de ayuda la trama de la película australiana El año que vivimos peligrosamente (1982) del director australiano Peter Weir. Este film trata de un periodista australiano-americano, Hamilton, interpretado por un joven Mel Gibson, que consigue ser mandado como corresponsal a Yakarta en el periodo de la mayor tensión política del régimen pro-comunista del dictador Sukarno, a mediados de los 60. El entorno social y laboral de Hamilton lo conforman principalmente sus colegas de profesión, australianos y de otras nacionalidades extranjeras; con respecto a los nativos indonesios, tiene un trato solo somero con su equipo de logística que le ayuda a cubrir los reportajes, y con el resto de la población es simplemente un blanco o un gringo que quizá sea útil para dar alguna difusión de los hechos polémicos a favor o en contra del gobierno, cuando no es un estorbo. El conflicto entre el Partido Comunista de Indonesia (PKI), el tercero más grande del mundo a la sazón, respaldado por el gobierno, y las fuerzas opositoras musulmanas lideradas por Suharto, que tienen el apoyo del Imperio norteamericano, está a punto de entrar en su fase definitiva, la guerra civil donde los opositores se impondrán y aplastarán al PKI hasta hacerlo prácticamente desaparecer –según unas cifras medio millón de comunistas fueron ejecutados como purga–. Y mientras tanto la situación del pueblo y de las calles es la peor imaginable, abundante gente que mendiga, las raciones de comida son cada vez más escasas, algunos niños no dudan en paliar de una vez el hambre comiendo el arroz crudo que en las alborotadas reparticiones se derrama y desliza por los suelos. Los periodistas extranjeros, en cambio, viven cómodamente, pasan el tiempo libre en los bares para ellos, y hasta de vez en cuando disfrutan de un evento de gala en alguna embajada europea. Pero de todas maneras, están ciertamente aislados del grueso de la población, lejos de sus esposas y familias varios de ellos, así que surge una cuestión, la cuestión que el profesor de literatura peruano Juan Carlos Ubilluz refirió en un ensayo como la de la "parte maldita" del hombre inserto en un orden social, el exceso que, por definición, representa la sexualidad y su goce para el sujeto constituido socialmente, y que lo obliga periódicamente a hacerse cargo de él de alguna manera (Žižek afirma que nadie se salva de esto, es imposible renunciar a la sustancia de goce de la libido, a la jouissance, inclusive en el caso del celibato, al cual hay que ver más bien como una forma más intensa, sorda y continuada de goce que la propia de una regular práctica coital). ¿Cómo resolverán los periodistas extranjeros, en la Indonesia comunista en crisis total, la cuestión de su "parte maldita", su vida sexual? La respuesta fácil que muchos de ellos dan es: con la prostitución, por un dólar podían tener a la prostitutas más jóvenes y esbeltas de Yakarta. En una escena, cuando el golpe de Estado de Suharto ya ha empezado, Hamilton y un colega van conversando en un auto acerca de su porvenir, la mayoría de la gente de su entorno está decidida a irse, no tienen nada que hacer en medio del conflicto armado, además de que es posible que recaiga sobre ellos la represalia de ganar la facción derechista, en cuanto que el permiso de estadía que gozaban les había sido dado por el gobierno de Sukarno, cuya parcialidad implícitamente apoyaban (Hamilton llegó a entrevistar al Secretario General del PKI), pero incluso si el statu quo se mantenía, algunos seguirían en peligro, como el propio Hamilton, quien entró a la lista negra del PKI luego de filtrar al extranjero el rumor de que barcos con armamentos se acercaban a la capital ante la inminencia del golpe. Hamilton, quien se cree "el cronista" de los álgidos sucesos que están pasando en Indonesia, afirma que quiere quedarse y ser parte de la historia, quedar él mismo en la historia como el escritor en vivo y en directo de la Revolución o la Contrarrevolución que se avecina. La opción de su compañero, sorprendentemente, también es la de quedarse, pero para disfrutar mientras puede de las ventajas que su posición todavía le puede conceder en la miserable Yakarta. En eso el auto se detiene, y nos damos cuenta de lo que habla, están en las inmediaciones de un cementerio, y se van acercando unas mujeres jóvenes al auto, tocan el vidrio de la ventana y dicen algo, pero detrás de ellas vienen otras para hacer lo mismo, y luego vienen otras más, y otras más, en un momento el auto se mueve violentamente como si fuera de juguete, algunas mujeres se han encaramado al vidrio frontal, y juntas atiborran todo el panorama de los vidrios del vehículo, oscureciéndolo aún más, pareciera literalmente una escena de películas de zombis, y logramos escuchar las palabras que todas ellas murmuran casi como un coro: "¡cheap!, ¡cheap!" ( ¡barato!, ¡barato!). El colega de Hamilton sale del auto, se pone en medio de dos de ellas y con los brazos a cada lado rodea los respectivos hombros femeninos, estrechos, varios centímetros debajos del suyo, las demás lo rodean, prostitutas con vestidos de todos los colores, y se despide del protagonista, indicando que éste es su lugar. Pero Hamilton, inclusive hasta las escenas finales del film, se desenvuelve acatando la misma lógica de que el que tiene dinero (aún) puede hacer lo que se le venga en gana en una sociedad en un momento tan crítico como la de los postreros años de Sukarno. Poco después de su llegada, él y su compañero, el fotógrafo enano Billy, australiano-chino, el que se halla hace ya algún tiempo en Indonesia, y conoce bastante de su cultura popular y ancestral –pareciera que por su talante es más asimilable con el ambiente lóbrego y de cerviz baja que domina a la población indonesia–, interrumpen como Pedro que entra en su casa en el corazón de una manifestación comunista (carteles con la hoz y el martillo) contra los opositores y sus aliados yanquis, para lo cual les basta solo con mostrar sus carnets de corresponsales extranjeros, sin importarles si realmente el momento es adecuado o no. Esto pudiera pasar como muestra de audacia profesional; pero donde se nos muestra su verdadera lógica es cuando luego del golpe, en pleno combate entre las fuerzas de derecha e izquierda, hay toque de queda general pero igual Hamilton pretende sacar fotos y obtener alguna grabación o información de la situación actual, y se lanza sin más hacia el centro de la ciudad con su auto, mostrando su carnet de corresponsal, su actitud de intelectual occidental, además de un rollo de billetes locales con el que sobornar al guardia más severo, siguiendo siempre adelante como dando por supuesto que, en el idioma inteligible para él, siempre le van a decir que sí, que puede pasar. Un culatazo en la cabeza dado por un teniente, si no curado, por lo menos durante algún tiempo lo deja privado de su ansiedad prepotente. Pero de inmediato que se recupere, volverá a lo mismo, aunque esta vez, se lo concedemos, para terminar con esto por su parte, irse de Yakarta. Con ayuda de uno de los asistentes indonesios de su oficina de corresponsal (al cual en una escena anterior también le ofreció un rollo de billetes, es verdad que caritativamente, para que pueda saldar unas deudas, mas, de nuevo, debajo de la caridad está esta injusticia del dinero existente tan desigualmente en las manos de los ciudadanos, nacionales o extranjeros, de un orden social sumamente crítico; este joven indonesio, rechazó orgullosamente el dinero caritativo de su jefe foráneo, diciendo entre dientes que "prefería mendigar"), logra llegar en su auto al aeropuerto para salir de Indonesia, y en el camino, en los diversos controles de guardias, en cada una de las etapas de las oficinas de atención del aeropuerto, que en ese momento son un caos, atestadas de extranjeros que buscan salir del país, hace valer su porte y su carnet de corresponsal extranjero, más aún, su mera fuerza física y la ventaja de no poder hacerse entender con palabras, literalmente abre muchas puertas empujando a los porteros que le dicen que ya no está permitido pasar, etcétera. Y hasta el último instante, hasta la última puerta detrás de la cual está ya la pista de despegue, aprovecha que un controlador se ocupa destruyendo las cintas auditivas que llevaba en su pequeño equipaje, para sin decir nada escabullirse por la última puerta de escape (la idea es que se van sin nada en las manos, pero haciéndolo con una ulterior palomillada). Ya en la puerta misma del avión, al cual subió por las escaleras portátiles, se encuentra y abraza con la guapa periodista americana, de la Embajada inglesa, con la que previamente tuvo un romance y una separación a causa de su grandilocuente idea de ser el narrador de los acontecimientos que se estaban dando –utilizó datos que ella, en la intimidad, le había dado acerca de las movidas de la gente de Sukarno–. Como si, ahora que ha dejado de pisar el suelo indonesio, puede volverse una "persona normal", sin sueños de grandilocuencia profesional, con el amor de una mujer por encima de todo. De lo cual no hay que decepcionarnos, pues como se está describiendo, su conducta profesional era, en realidad, inconsistente, dependía de las condiciones del régimen en decadencia de Sukarno; para decirlo de algún modo, su energía y carácter estaban programados para servir a su profesión "el año que vivimos peligrosamente", en efecto, solo un año. Así llegamos al tercer caso. El de Billy Kwan, el reportero gráfico enano, que parece un indonesio del momento, en verdad. Amigo y admirador de la bella colega americana que deviene mujer de Hamilton –cara bonita, amplia, ojos almendrados ensoñadores, alta, piel de nieve con pecas, talle delgado–, le propuso matrimonio antes y fue rechazado. Pero en un momento de la película lo vemos visitar los suburbios de la capital indonesia y entrar en una casa de esteras. Dentro hay una mujer de mediana edad que lo recibe, y un niño acostado en un catre, desnudo, que luce muy enfermo. Billy conversa en un indonesio pasable con la mujer acerca del estado de la criatura, sobre medicinas y visitas al doctor, y le deja sobre una mesa el mismo fajo de billetes que antes hemos visto que, por su lado, también endilgaba Hamilton a cuantos podía. No entendemos mucho la escena, pero después nos enteramos que Billy había "adoptado" tal vez hace años a dicha mujer, y que se ocupaba de la manutención del pequeño hijo de ésta. Posteriormente, vemos a Billy otra vez yendo tranquilamente a visitar a su mujer adoptada, madre de un niño (con el que suponemos que Billy, por lo menos por su parte, se ha encariñado), y se inquieta al ver flores funerarias en la puerta. Entra y la mujer le comunica que lastimosamente el niño acaba de morir. Y al mismo tiempo, vemos que la ex-madre se muestra un poco indispuesta, hastiada de nuestro enano fotógrafo, solo le dice repetidamente que se vaya, como si ya no quisiera tener nada más que ver con él –ya estamos a puertas del inicio del fuego de la guerra civil, la situación va a cambiar para todos, incluso ni los periodistas extranjeros podrán ofrecer una protección segura, quizá ya ni siquiera monetaria, a los pobres del pueblo indonesio–. Completamente devastado, Billy se retira. Descarga su furia discutiendo con los colegas en el bar, reclamándoles su vida acomodada que se da paralelamente a la miseria de los marginales de la ciudad. Todo lo ve negro. Acude a una recepción de la Embajada de Bulgaria, donde está invitada la gente del gremio, sube a una habitación alta del edificio, burlando la seguridad, en la ventana de aquella coloca una tela con el escrito "Sukarno, alimenta al pueblo". El dictador pro-comunista iba a llegar en unos momentos a la recepción, pero la seguridad nota el gesto de denuncia de Billy y suben para detener o eliminar al infractor. Billy los siente venir, definitivamente está atrapado. Pero vemos que por la misma ventana Billy saca su pequeño cuerpo y se lanza al vacío, chocando estrepitosa y secamente contra la acera. Billy se ha suicidado. Como si él tampoco pudiera vivir bajo unas condiciones diferentes a las existentes precisamente en el statu quo que él denunció abiertamente en su final. Un régimen que no sea uno en el que, al mismo tiempo que había gente que se moría de hambre o por las enfermedades de una vida precaria, como le sucedió al hijito de su mujer adoptada, existía una condición de trabajadores o funcionarios intermedios, relativamente libres en pensamiento y acción, como él como corresponsal extranjero, que hacía posible el establecimiento de cierta solidaridad y apoyo al primer grupo por parte del segundo. Desde luego que nadie aseguraba que el posible nuevo régimen de Suharto mejoraría las condiciones de vida de la ingente población pobre, quizá la represión que éste llevó a cabo diezmó aún más al pueblo. Pero lo que sí era más seguro era el que el PKI, la burocracia de Sukarno, e incluso los propios extranjeros que mantenían en el papel una posición neutral, iban a ser sencillamente suprimidos, reprimidos o callados, según sea el caso, si se imponía la derecha musulmana-pro norteamericana. Es decir, de todas maneras, Billy, consciente como testigo en primera persona de que el régimen de Sukarno no daba para más, difícilmente hubiera conservado el mismo estatus de un fotógrafo extranjero con cierta integridad, que apoyaba y se acercaba a los pobres de Yakarta, en un régimen que comenzó siendo de terror como el de Suharto. Ya no podría dar los rollos de billete a quien creyera conveniente, para conseguir mediante ello también cierto amor, por un pequeño niño o incluso por una mujer necesitada. Sin el dinero, ¿podría haber sido capaz de conseguir esto mismo, o podría habérsele siquiera ocurrido la idea de utilizar recursos económicos para acercarse de una manera tan íntima a gente con intereses de vida y de clase totalmente incompatibles con los de él?

    Lo que sostengo es que la "tercera mirada implícita" de, el "deseo del otro" en juego en, el punto de vista externo desde el que es algo gozosa/dolorosamente deseable, la fantasía de pagar con dinero los servicios sexuales de una prostituta, o de potencialmente hacer que cualquier mujer se vuelva esto merced a los muchos billetes que se le arroje, es la posición de lo Žižek llama el Amo totalitario. Éste es el Amo que se presenta inflexible, superior, pero porque coarta, destruye la libertad de sus súbditos; el mecanismo con el que los doblega es el siguiente: le concede al sujeto el permiso perverso de sí poder violar a su gusto las normativas éticas, sociales, laborales-profesionales, etc., realmente para el sujeto hacia el que se dirige, solo para él, no le estaría nada prohibido –allá que los demás se rijan por los principios de justicia, de igualdad, de cumplir con su deber ético, etcétera–. Pero con una condición, por supuesto: el que el sujeto en cuestión se someta y obedezca al Amo en las disposiciones que tome, el que permanezca, en última instancia, en una posición que de ningún modo perturbe el statu quo opresor del Amo; justamente como en la situación del régimen de Sukarno que se caía a pedazos pero aún en sus coletazos de vida sobornaba a sus súbditos con las transgresiones ocasionales, por ejemplo, del uso del bastante dinero que algunos de estos tenían, en comparación de la gran mayoría, para comprar –incluso dando buenas propinas– sexo, o incluso para ingenuamente "adoptar" a mujeres necesitadas. Por supuesto, qué vale el sexo con la prostituta venezolana más joven, sensual, bella y ardiente de la ciudad, si ha sido pagado, en comparación de caer enamorado y enamorar a una linda venezolana (¿por qué no joven, sensual, bella y ardiente también?) que se vuelve para siempre, incluso después de que tienes sexo con ella, y te cases con ella, etc., –como dice Žižek– "una especie de sublime" para ti...FIN.

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