Y entonces, me paro.
¿Qué hago yo haciendo lo que la gente siempre hace conmigo con eso de «Olé, torero, paella...»?
¿Acaso soy imbécil?
Eric me mira divertido. Me lee en la cara lo que pienso y murmura juguetón en mi oído:
—Cariño, te ha faltado decir caipiriña.
Durante varios minutos, los cinco hablamos y nos reímos. Dennis, además de estar como un tren,
en el que veo que muchas quieren montar, parece una buena persona y, cuando poco después se aleja
de la mano de unas rubias, mi amor me besa en la sien y pregunta:
—¿Quieres beber algo?
—Una coca-cola.
—¿Sola o con vodka?
Lo pienso. La noche es joven, y respondo:
—Mejor sola.
Cuando mi chico y Björn se marchan a por las bebidas, Mel, que mira a la derecha, cuchichea:
—Joder..., pues sí que es madurito el marido de Ginebra.
—Treinta años más que ella —le explico—. Tendrá unos setenta.
A continuación, me levanto del taburete.
—Ven, acompáñame —digo y, al ver que nuestros maridos nos miran, hago una seña y les aclaro
—: Vamos al baño.
Eric y Björn asienten y, cuando desaparecemos tras la cortina y no me dirijo al lavabo, Mel
pregunta:
—¿Adónde vamos?
—Quiero ver algo —afirmo sin soltarla mientras seguimos a Félix.
En cuanto llego al reservado número cinco y voy a abrir la cortina, Mel me detiene.
—¿Qué haces? —pregunta.
—Sólo quiero ver y no pone «Stop». Por tanto, se puede mirar.
Mel sonríe, asiente, y con curiosidad abrimos la cortina tranquilamente para observar.
En la habitación, Ginebra está atada a una silla de una manera que me deja sin palabras.
Su espalda descansa en el asiento, su cabeza cuelga hacia el suelo y sus piernas están sujetas a lo
alto del respaldo. Un hombre que se agarra a la silla con fuerza se introduce en ella una y otra vez
mientras ella jadea y grita de placer.
Mel y yo observamos cuando de pronto el tipo da un último alarido y se retira de ella. Instantes
después, otro hombre se arrodilla ante Ginebra y, con una facilidad que me deja sin palabras, le
introduce la mano en la vagina ante los gritos de locura de ella.
—¿Disfrutas, mi amor? —oigo que pregunta Félix.
—¡Sí..., sí...! —grita Ginebra.
Sin descanso, el hombre saca y mete la mano en el interior de la vagina de ella.
—Joder..., no me va nada el fisting —murmura Mel.
—A mí tampoco —susurro sin respiración.
En ese instante, Félix se agacha, le da de beber de su copa de champán a Ginebra y dice:
—Así me gusta, zorrita. Estos amigos quieren cobrar lo que les prometí.


Ella sonríe. Félix acerca su boca a la de ella mientras otro hombre le coloca unas pinzas en los
pezones y entonces Ginebra grita, pero sé que grita de placer.
Los hombres ríen al oírla. Félix se levanta de donde está, se acerca al pene de otro y, tras
recorrerlo con la lengua, le echa sobre éste el resto del champán de su copa.
—Métesela en la boca hasta el fondo —dice.
Acto seguido, el hombre coge la cabeza de Ginebra y, con exigencia, lo hace. Eso me vuelve a
incomodar, aunque sé que a ella le gusta. Ese tipo de sexo no me va. Ver cómo aquel tipo obliga a
Ginebra mientras el otro juguetea con la mano en el interior de su vagina me deja sin palabras.
Entonces, Mel tira de mí y dice:
—Regresemos con los chicos.
Asiento. Con lo que he visto, es suficiente, y ahora entiendo por qué Ginebra me dijo que a Eric
no le iba eso. Sin lugar a dudas, no le va, ni a mí tampoco.
Sin más, regresamos junto a nuestros maridos, que nos entregan las bebidas, y yo me siento en un
taburete.
En ese instante se acercan a nosotros Diana y Olaf. Durante un rato charlamos hasta que me fijo
en que al fondo de la sala está Dennis con las rubias. El brasileño nos mira, nos observa, y Eric, que
se da cuenta como yo, pega la boca a mi oído y, moviendo el taburete, dice:
—Angelito..., separa los muslos para el vaquero.
Extasiada por el morbo que me provoca siempre esa acción, hago lo que me pide y lo que me
excita, mientras observo cómo Dennis nos sigue mirando. Ese tipo de cosas son las que me van y le
van a mi chico.
Sin duda, mis piernas abiertas le ofrecen a Dennis una visión bastante interesante de mí. Eric, que
lo sabe, que me conoce y que disfruta como yo del momento, introduce un dedo en su whisky, lo
moja y, después, con complicidad, excitación y alevosía, lo pasa por mi boca, por mis labios. Sin
apartar sus ojos de los míos, siento cómo su dedo baja por mi barbilla, por mi cuello, mis pechos, mi
ombligo. Me besa mientras su dedo baja..., baja... y baja, hasta que lo siento llegar al centro de mi
húmedo y latente deseo.
Uf..., ¡qué calor!
Mis labios vaginales se abren solos, mientras Eric tiene los ojos clavados en mis pupilas y,
cuando su dedo toca mi ya hinchado clítoris, yo jadeo, cierro los ojos por puro placer y oigo que
dice:
—Mírame, cariño..., mírame.
Obedezco. Sé lo mucho que le excita a Eric que lo mire en esos instantes y, con una mirada
totalmente perversa, vuelvo a jadear. Él sonríe, me besa el cuello y murmura:
—Tu mirada me hace saber que ya estás preparada para jugar.
Asiento. Éste es el sexo que me gusta y, sin cerrar las piernas, beso a mi amor. Lo deseo. Deseo
jugar con locura. Así estamos unos instantes hasta que nuestras bocas se separan y Dennis, que ya se
ha deshecho de las rubias, como buen jugador, en pocos segundos está a nuestro lado. Eric lo mira,
no hacen falta palabras, y segundos después la mano de Dennis se posiciona en la cara interna de mis
muslos mientras susurra:
—Me apasiona que no lleves bragas.


Eric sonríe, y yo también.
Entonces Diana, que ha visto la jugada y va vestida de troglodita, dice:
—Judith, reserva el primer baile para mí.
Eso me hace sonreír. Me está pidiendo ser la primera en tomar mi cuerpo cuando Björn, que está
junto a Mel y Olaf, pregunta en tono morboso:
—¿Quién se viene a la sala del fondo?
Todos lo acompañamos. Todos tenemos ganas de pasarlo bien.
La sala es grande, y hay más gente además de nosotros. Distintas camas están ocupadas por
hombres y mujeres practicando sexo y, nada más entrar, Björn se lleva a Mel a una libre y allí
comienzan su juego con Olaf. Todos los observamos hasta que Diana, que es una loba deseosa de
sexo, se coloca junto a Eric y dice:
—¿Qué tal si comienzo yo con el angelito?
Él me mira, sonríe y, cuando ve mi gesto de aprobación, asiente:
—Toda tuya.
Diana me da la mano y me lleva a otra cama libre. Sin que me diga nada, sé lo que quiere ella, lo
que excita a mi amor y lo que yo deseo. Por eso, me tumbo sobre el colchón. Mi corto vestido de
angelito se sube solo, dejando al descubierto mi ausencia de bragas y mi bien depilado pubis.
Eric, Diana y Dennis me observan. Veo sus miradas. Todos están deseosos de comerme, de
disfrutarme, de saborearme, y entonces Eric se acerca a mí y, cogiéndome las manos, me las lleva
hasta los barrotes de la cabecera.
—Agárrate a ellos y no te sueltes por nada del mundo —me dice.
Lo hago. Eric me besa, pasea las manos con propiedad por mi cuerpo y pregunta:
—¿Estás caliente, mi amor?
Al oírlo, me estremezco y asiento.
—Sabes que sí —murmuro.
Mi marido me toca las piernas. Tiemblo. Con seguridad, me separa los muslos dejando mi vagina
húmeda al descubierto y, pasando un dedo por ella, musita mientras la abre:
—Adoro tu humedad.
Instantes después, la boca de Diana chupa con deleite lo que Eric le ofrece. Su ansiedad no le ha
permitido esperar un segundo más. Noto cómo da toques con la lengua sobre mi clítoris, y observo
que Eric y Dennis se sientan cada uno a un lado de la cama.
—Eso es, mi amor, abre las piernas para Diana.
Sin dudarlo, lo hago. Dios, ¡qué placer más inconfesable!
Gustosa por lo que ella me hace, jadeo y me retuerzo agarrada a los barrotes de la cabecera
mientras Eric y Dennis nos observan con ardor.
Cuando el placer y la lujuria toman mi cuerpo, soy un juguete en manos de cualquiera, y Diana
sabe muy bien cómo manejarme a su antojo desde la primera vez que me poseyó.
Sin descanso, chupa, lame, introduce los dedos en mí y me masturba mientras juega con mi
clítoris, al tiempo que Eric y Dennis me bajan el vestido para sacar mis pechos. Cada uno se adueña
de uno y los saborean a su manera mientras yo pierdo la noción del tiempo y me entrego dócilmente
a ellos tres.


No sé cuánto rato estamos así; sólo sé que, cuando vuelvo a ser consciente, estoy de rodillas
sobre la cama del todo desnuda, mientras Diana me sujeta las caderas con una mano y con la otra me
masturba de forma rítmica al tiempo que se oye el chapoteo de sus dedos en el interior de mi vagina.
Eric y Dennis nos observan con sus duros penes erectos preparados para mí, cuando ella
murmura cerca de mi boca:
—Eso es, angelito..., muévete... Eso es..., eso es.
Loca..., loca de deseo, hago lo que Diana me pide.
Me muevo mientras siento cómo todo mi cuerpo arde a punto de explotar y oigo los gemidos
placenteros de todos los presentes. Diana, como mujer experimentada en dar placer, me hace gritar,
moverme, cabalgar sobre su mano húmeda de mis fluidos, mientras yo observo a Eric.
Su gesto. Su mirada me vuelve más loca todavía, hasta que me arqueo, el placer toma todo mi
cuerpo y, con un último gemido, les hago saber que he llegado al clímax.
Pero Eric y Dennis están deseosos de sexo y, cuando Diana se retira de mí, Dennis la agarra, la
pone a cuatro patas y la penetra. Diana grita de placer en el momento en que Eric, levantándome, me
da la vuelta, me pone en la misma posición que ella, me agarra del pelo y susurra en mi oído:
—Me vuelves loco, morenita..., loco.
Y, deseoso de mí, me empala hasta el fondo y, como un salvaje, me hace suya mientras yo jadeo y
le pido más y más y me dejo llevar por la pasión del momento. Como un animal, mi amor, mi
marido, mi todo, me hace suya, y yo me acoplo a él y lo hago mío. Es nuestro baile. Es nuestra
manera de ver el sexo. Es nuestro delirio.
Sin descanso, los cuatro jadeamos mientras el ruido seco de nuestros cuerpos al chocar suena con
fuerza en la sala. Una..., dos..., tres..., veinte veces entra y sale de mí mi alemán y, cuando sabe que ya
no aguanto un segundo más, se deja ir al mismo tiempo que yo y juntos disfrutamos de aquel
morboso y mágico momento.
Acabado ese asalto, Diana, que es infatigable, vuelve a abrirme de piernas mientras Eric se sienta
en la cama y susurra cuando Dennis la deja:
—Dame tu jugo..., dame tu jugo.
Eric y Dennis nos observan. Diana, la insaciable, no se cansa de saborearme, y yo permito que lo
haga en cuanto Eric se acerca a mí, me besa en los labios y pregunta:
—¿Todo bien, pequeña?
Asiento..., asiento y jadeo entregada al placer como sé que a él le gusta.
Ninguna mujer me saborea como Diana. Otras me han tomado. Otras han disfrutado de mí, pero
Diana es la mujer que verdaderamente ha hecho que me corra de puro placer.
Entregada a su exigente boca, cierro los ojos y disfruto del momento. Cuando vuelvo a abrirlos,
veo a Ginebra desnuda ante nosotros junto a otra mujer. Ambas nos observan y, tan pronto como
Ginebra ve que la miro, sonríe.
Extasiada por las cosas que me hace Diana, le tiendo la mano sin saber por qué. Ginebra me la da
y yo se la aprieto mientras me retuerzo gustosa. Eric nos mira. Veo lascivia en su mirada y, con mi
otra mano libre, cojo uno de los preservativos que hay sobre la cama y se lo entrego.
Mi amor no aparta los ojos de mí. Intenta leer lo que le digo y, cuando me entiende, abre el
preservativo, se lo pone y, tras echar a Ginebra a un lado, agarra a la otra mujer, la sienta sobre sus


piernas y la empala con ferocidad.
De pronto soy consciente de lo que he provocado, pero Eric no ha aceptado, y la dicha por
saberlo supera lo que Diana me hace mientras me retuerzo de placer.
Cuando Diana se da por satisfecha y me suelta, tras unos segundos en los que recupero el
resuello, me arrodillo en la cama, me abrazo a la espalda de mi amor y comienzo a besarle el cuello
mientras sus caderas se clavan en la otra mujer.
Eric se estremece al sentirme. Mi contacto le gusta tanto como lo que he provocado.
Oigo sus jadeos, los de Ginebra, que está al lado con otro hombre, y al enredar las manos en el
pelo de mi marido observo cómo Eric embiste a la desconocida con fuerza.
Encantada con lo que veo, beso el ancho cuello de mi amor. Entonces siento que Dennis, que está
detrás de mí, entra en el juego y, al notar que no lo rechazo, murmura poniéndome el vello de punta:
—Tu cuerpo es samba.
Me excita su voz melosa y calentita. Uf..., qué morbo tiene Dennis.
Acto seguido, con agua y una toalla limpia, me lava para él. El frescor me encanta, cuando me
besa las costillas, el trasero, pasea sus suaves y grandes manos por mi cuerpo desnudo, mientras yo a
través de mis oscuras pestañas observo lo que hace Eric, lo que hace mi amor.
Así estamos varios minutos hasta que mi rubio echa hacia atrás la cabeza en busca de mi boca y lo
beso. Lo devoro mientras soy consciente de que Ginebra nos observa.
—Te quiero —murmuro entre beso y beso.
Eric tiembla. Yo tiemblo con él. No puedo quererlo más.
Dennis, al sentirme vibrar y notar la excesiva humedad que tengo entre las piernas, me agarra por
la cintura y, tras ponerse un preservativo, sin alejarme un ápice de mi amor, se introduce en mí y
murmura en portugués al percibir la oscilación de mis caderas:
—Eu gosto do seo corpo.
Oírlo hablar en su lengua me excita más, y al entender que le gusta mi cuerpo, muevo las caderas
y percibo cómo Dennis tiembla de lujuria.
Placer por placer.
Aquello que siento, que todos los presentes sentimos, me hace cerrar los ojos y jadear como una
posesa. Dennis me mueve a su antojo y yo permito que lo haga, mientras mis pechos se restriegan
por la espalda de Eric haciéndole saber que yo también disfruto con lo que ocurre.
Abro los ojos y, desde mi posición, observo que Ginebra, mientras está con el otro hombre, toca
con una mano el hombro de Eric y tiene la boca cerca, demasiado cerca de la suya. Eso me hace estar
alerta.
Durante varios minutos, el placer se apodera de todos los que estamos en la morbosa habitación.
Oigo los gemidos intensos de todo el mundo y, por supuesto, los de Dennis y los míos, que suben y
suben y suben, pero mi concentración se encuentra en otra cosa. En Eric.
Todos estamos allí porque queremos.
Todos estamos allí porque lo deseamos, hasta que de nuevo veo que Ginebra se halla demasiado
cerca de la boca de mi amor. Soy consciente de cómo ella le toca el mentón, y entonces alargo la
mano y, separándola de él, murmuro:
—Su boca es sólo mía.


—Es sólo tuya, pequeña..., sólo tuya —jadea Eric para que yo lo oiga.
Oír su voz en un momento así me vuelve loca. Dennis se hunde totalmente en mí y, segundos
después, llegamos juntos al clímax mientras Eric y Ginebra, con sus respectivas parejas, tienen
convulsiones y se contraen de placer.